Las lluvias que se registran en lo que resta de septiembre y el mes de octubre, pueden dar un respiro, pero no eliminan el riesgo.
– ¿Está Tegucigalpa construyendo hoy la capacidad necesaria para que, cuando vuelva la próxima sequía, la ciudad tenga agua suficiente para enfrentarla?
– Garantizar el agua del futuro dependerá de tener cuencas protegidas, reservorios suficientes, una red eficiente y una planificación hídrica que no espere a las emergencias y una población consciente de cómo cuidar el vital líquido.
Con embalses bajo presión en niveles críticos, racionamientos que llegan a los 12 días, pérdidas de agua, cuencas deterioradas y una capacidad de almacenamiento insuficiente, la capital enfrenta una pregunta que hasta ahora parecía extrema: ¿qué ocurriría si Tegucigalpa llegará al límite y ya no pudiera garantizar agua de manera regular a sus habitantes?
Pero en un escenario extremo, el problema dejaría de ser un racionamiento de varios días para convertirse en una emergencia de abastecimiento.
Los camiones cisterna tendrían que multiplicarse, los pozos serían sometidos a una mayor presión y las reservas existentes tendrían que administrarse para garantizar agua a hospitales, centros educativos, comercios y miles de hogares.
No es el escenario que las autoridades esperan que ocurra. De hecho, el director de Gestión de Riesgos, Julio Quiñónez, consultado por Proceso Digital sobre este extremo sostiene que las inversiones previstas hacen que una situación de ese nivel no sea el escenario proyectado.
Sin embargo, la posibilidad sirve para dimensionar hasta dónde puede llegar una crisis que hoy ya obliga a administrar el agua bajo restricciones drásticas.




Lluvias no serán suficientes para salvar a la capital
Las lluvias de septiembre y octubre son un alivio, o como se decía antes se esperan -como agua de mayo-. Pero el volumen y la forma en que caiga el agua serán determinantes.
Quiñónez explica que un aguacero extraordinario puede provocar inundaciones sin necesariamente generar una recuperación significativa de los embalses. La lluvia que se necesita no es únicamente abundante, debe permitir la recarga y el almacenamiento en las cuencas altas.
Aunque la segunda quincena de septiembre podría registrar precipitaciones importantes, el funcionario considera que no serían suficientes para alcanzar por sí solas un nivel de seguridad hídrica en las represas.
Si octubre resulta más generoso, los actuales ciclos de racionamiento podrían reducirse de unos 12 días a nueve o incluso siete. Pero eso significa una disminución de la presión, no el final del problema.

¿Qué pasaría si los embalses siguen bajando?
El alcalde de la capital Juan Diego Zelaya, dio a conocer datos técnicos de su equipo especializado que indican que las actuales condiciones de los embalses, si no llueve, la reserva llegaría hasta diciembre. Al 10 de octubre La Concepción estaría a un 20 %, en noviembre debajo de ese porcentaje, mientras Los Laureles a la misma fecha de octubre estaría al 15 % y a noviembre totalmente agotada.
El especialista en hidrología Wilmer Reyes advierte que el primer objetivo debería ser aprovechar cualquier recuperación de las reservas y administrar cuidadosamente el agua disponible.
Si las lluvias permiten recuperar entre un 60 % y 70 % de los niveles de los embalses, explicó, todavía sería necesario dosificar el recurso para garantizar el abastecimiento.
En un escenario contrario, con reservas que continúen descendiendo, Tegucigalpa tendría que depender cada vez más de fuentes alternativas.
Los pozos podrían convertirse en la principal herramienta de emergencia, pero tampoco representan una solución ilimitada. Reyes advierte que el agua subterránea pertenece al mismo sistema hídrico y que extraerla sin control puede terminar agotando los reservorios; “en la medida que vamos extrayendo, vamos secando todo”, señala.
Eso significa que, en un escenario de agotamiento de los embalses, la ciudad no tendría simplemente que “buscar agua”, sino administrar cuidadosamente las fuentes disponibles para evitar que una emergencia se transforme en un problema todavía mayor.

Esta misma advertencia la hizo el ingeniero Ronnie Adalid Malta Maradiaga, profesor de Educación Ambiental del Departamento de Ecología y Recursos Naturales de la Escuela de Biología, Facultad de Ciencias de la UNAH, quien sostiene que el desafío no consiste en elegir entre perforar pozos o conservar las fuentes de agua, sino en integrar ambas acciones a partir del conocimiento científico.
Seguidamente, el especialista plantea que, frente a la emergencia, es necesario incorporar una pregunta adicional: ¿qué estamos haciendo para garantizar que el agua que encontremos hoy siga disponible mañana? Al tiempo que recuerda que el agua subterránea también necesita protección.

El impacto comenzaría en los hogares, pero no terminaría allí
Una escasez extrema afectaría primero la vida cotidiana de miles de familias, de hecho, la vida cotidiana de los capitalinos ya está siendo afectada por un almacenamiento doméstico insuficiente y por los racionamientos severos hay necesidad de comprar agua, dependencia de cisternas y dificultades para mantener actividades básicas de higiene y alimentación.
Por ejemplo, es común escuchar en pláticas que muchos hogares están haciendo uso de platos desechables, reciclando agua que para optimizar el líquido ante la escasez son medidas válidas, pero por un lado suben los costos en el hogar con compras adicionales y por otro lado el agua almacenada puede provocar otros problemas de higiene y aumentar criaderos del zancudo transmisor del dengue.
Pero las consecuencias irían mucho más allá de las viviendas. Hospitales, centros de salud, escuelas, restaurantes, comercios, industrias y oficinas necesitan agua para funcionar. Una interrupción prolongada del servicio obligaría a priorizar sectores esenciales y aumentaría considerablemente los costos de abastecimiento. El sector de energía hídrica podría colapsar, incrementando los apagones.


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