Cervezas y dictadura
Fue el rescate de un perro el que haría de La Catedral uno de los bares más famosos de la literatura universal.
Pero antes de llegar a ese episodio, empecemos con una fotografía.
Junto a un portón de fierro de bordes oxidados y una pared desconchada que acumula generaciones de graffitis, Vargas Llosa se detiene para que su hijo capture la escena.
Finalizaba noviembre del 2024, cinco meses antes de su muerte.
Del otro lado funciona un modesto taller de metal mecánica que también sirve de depósito de chatarra en la desangelada y peligrosa cuadra dos de la avenida Alfonso Ugarte, en el corazón de Lima.
Álvaro Vargas Llosa compartiría la imagen en la red social X.
El Nobel visitaba por última vez el escenario principal de “Conversación en La Catedral”, una de sus grandes obras y fundamental en la consolidación de su prestigio internacional.
Del bar solo queda el amplio arco de ingreso, y que le valió el nombre al local.
Álvaro Vargas Llosa lo evidencia contrastando su foto con otra de 1969, el año en que se publicó el libro.
En ella un joven novelista posa cigarro en mano frente a ese mismo portal, esta vez abierto. En el fondo se vislumbra una mesa, dos sillas y algunas botellas.
“El objetivo del libro era el de describir una sociedad bajo el imperio de una dictadura corruptora” – apuntó el escritor en una entrevista, – “pero no contarla políticamente sino cómo afectaba distintos aspectos de la vida: la universidad, la familia, el trabajo”.
Esa dictadura era la de Manuel Odría, militar que gobernó Perú entre 1948 y 1956 y que caló profundamente en el entonces adolescente Vargas Llosa.
El novelista confesó que el tema le resultaba difícil por lo ambicioso, hasta que encontró la manera de atraparlo: la conversación en un bar entre dos de sus personajes principales.
“Pero a diferencia de lo que se cree, el escritor no frecuentaba La Catedral”, afirma Luis Rodríguez Pastor, investigador de la vida del Nobel y autor del libro “Mario Vargas Llosa para jóvenes”.
“No era un bar bohemio ni de periodistas”, precisa.
De hecho, el desaparecido local estaba lejos de donde funcionaban los diarios y se tejía la vida cultural de la ciudad y, por el contrario, cerca de las rutas de obreros y trabajadores que la cruzaban y que eran los parroquianos habituales de sus mesas gastadas.
¿Cómo llegó el novelista a él?
Dos millones de dólares
Vargas Llosa conocería el bar de manera fortuita a mediados de la década de 1950.
“Regresaba a su casa luego de rescatar de la perrera a Batuque, el perro que tenía entonces con Julia, su primera esposa”, apunta Rodríguez Pastor.
Entonces el escritor era un joven de apenas 20 años que quedó espantado por la brutalidad con la que los empleados del lugar mataban a palazos a los animales que no reclamaban sus dueños.
El episodio lo narra en el autobiográfico “El pez en el agua”.
“Medio descompuesto con lo que había visto, fui con el Batuque a sentarme en el primer cafetucho que encontré. Se llamaba La Catedral. Y allí se me vino a la cabeza la idea de empezar con una escena así esa novela que escribiría algún día”.
Salvo aquel rescate y la sesión de fotos que le hiciera el diario “La Prensa” cuando se publicó el libro casi 15 años después, no hay evidencia de que Vargas Llosa visitara el bar.
Pero eso no importa: es un mito cultural.
Que casi nadie visita.
Luis Rodríguez Pastor promueve rutas literarias en Lima para recorrer los lugares que inspiraron a autores como César Vallejo, Julio Ramón Ribeyro y, por supuesto, Vargas Llosa.
“Pero por seguridad, rara vez voy al local donde funcionaba La Catedral. Es una zona peligrosa”, advierte el investigador.
Como resulta frecuente en varias capitales latinoamericanas, el barrio es a la vez una zona marginal y parte del centro de la ciudad.
Perras preñadas husmean en la basura que se acumula en cada esquina, al igual que se amontonan también las denuncias por robo que la policía local no tiene recursos para atender.
La luz de la mañana llega sucia, filtrada por el smog de buses menesterosos que acaso ya circulaban cuando todavía funcionaba el bar.
La Catedral cerró en alguna fecha incierta, probablemente a inicios de los 80.
Fue desmantelado y el terreno abandonado. Durante décadas se usó como basurero y depósito para diversos despojos.
En la foto que le tomó su hijo, sobre Mario Vargas Llosa pende un ennegrecido cartel de “Se vende” con un teléfono que nadie me contestó.
Entrevistado por el diario “El Comercio” en 2013, su dueño, que hasta entonces no había leído la novela, pedía US$2 millones por su local, y aseguraba que resultaba perfecto para construir un centro comercial.
“Se llamaría La Catedral”, dijo.
El precio es injustificable para las empresas inmobiliarias.
Sus ejércitos de excavadoras y cargadores frontales prefirieron desplegarse sobre otros barrios de Lima, como aquel en el que Mario Vargas Llosa conservaba algunos de sus recuerdos más felices.
Y la memoria de los primeros amores que trascendieron a sus novelas.
Barrio alegre
Miraflores es un distrito acomodado que se eleva de cara al mar.
Sus sobrecogedoras puestas de sol sobre el Pacífico terminaron por sentenciar a muerte a las viejas casonas con las mejores vistas.
Resultó buen negocio derrumbarlas y levantar edificios tan altos que durante el atardecer proyectan sombras espesas sobre las calles interiores.
Del barrio del escritor queda poco, pero queda.
La quinta en la que Vargas Llosa vivió con sus abuelos, en la calle Porta, sigue en pie.
“Viví aquí desde los 11 años y los mejores recuerdos de mi infancia siempre están relacionados con Miraflores”, dijo Vargas Llosa en 2014 cuando el alcalde de ese distrito lo condecoró con una medalla cívica.
Durante sus meses finales, el novelista recorrió las mismas calles que siete décadas antes trajinaba como adolescente de camino a las fiestas de sus amigos.
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