Parece una historia salida de una serie de televisión y, de hecho, se convirtió en una muy exitosa: una pareja canadiense que lleva 11 años viviendo en EE.UU. y con hijos estadounidenses, son detenidos por el FBI por ser en realidad rusos y espiar para ese país. Y los primeros sorprendidos son sus dos hijos.
La pareja es Donald Heatfield (nombre real Andrey Bezrukov) y Tracey Lee An Foley (Elena Stanislavovna Vavilova). La serie televisiva se llamó The Americans y se emitió de 2013 a 2018.
Ambos fueron arrestados en junio de 2010 junto a otros ocho espías, entre ellos una pareja que pasaba por peruana (ella sí lo era, él era ruso).
Tras una breve detención, las diez personas fueron intercambiadas en Viena el 19 de julio de ese mismo año por cuatro prisioneros rusos que habían sido condenados en su país por espiar para EE.UU. y Reino Unido.
Esa noticia fue el hilo que empezó a jalar Shaun Walker, corresponsal en Europa central y del este del diario británico The Guardian, para investigar la historia del programa clandestino conocido como “Los ilegales”, que culminó en un libro del mismo nombre publicado en inglés en 2025 y en español este año.
Y vaya historia que es: cubre los 115 años del “programa de espionaje más secreto de Rusia”, desde antes de la Revolución hasta nuestro días. Pero mejor que sea el propio Walker ―que está presente en el Hay Festival de Querétaro 2026― quien la cuente.

Tu libro “Los ilegales” es, de alguna manera, una historia de Rusia y de la Unión Soviética desde principios del siglo XX hasta ahora. Atraviesa todos los grandes acontecimientos: la creación de la Unión Soviética, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la invasión de Afganistán y la era de Putin. ¿Cómo te interesaste por este tema?
Me interesé cuando estuve destinado en Moscú como periodista durante muchos años.
Estaba allí en 2010 cuando diez ilegales fueron detenidos en EE.UU. y deportados de vuelta a Rusia en un intercambio de espías. Fue la primera vez que oí hablar de ellos.
Parecía una idea loca que algunos espías habían sido enviados a EE.UU. en los años 80 y durante décadas habían permanecido encubiertos. 30 años después los estaban enviando de regreso a Rusia.
Unos años más tarde, conseguí entrevistar a dos de los hijos de una pareja que tenían 16 y 20 años en 2010 cuando sus padres fueron arrestados en Boston.
Habían nacido en Canadá y crecido pensando que eran canadienses. Se convirtieron en ciudadanos estadounidenses naturalizados y luego, en el verano de 2010…
Estos eran los hijos de Andrey y Elena.
Sí. Andrey y Elena, cuyos nombres falsos eran Don y An. Conocí a estos dos jóvenes y me contaron sobre cómo crecieron sin sospechar que sus padres eran rusos y luego, de repente, un día, el FBI llegó, sus padres fueron deportados y ellos terminaron en Rusia, donde nunca habían estado antes, tratando de reconstruir qué demonios había sucedido con sus vidas.
Era una historia fascinante. Escribí un artículo y empecé a pensar: intentemos averiguar más sobre este programa. Tal vez pueda escribir un libro.
Y de hecho, como decías, cada vez que retrocedía un poco más, descubría que no era solo una historia de la era Putin o de la Guerra Fría. Se remontaba a las décadas de 1920 y 1930. E incluso antes que eso. Todo el origen está en la clandestinidad bolchevique.
Así que decidí convertir este libro en algo que, por un lado, fuera una colección de historias de espías fascinantes y, por otro, una especie de historia en la sombra de la Unión Soviética y su colapso.
Es fascinante que comenzara con Lenin, con la clandestinidad bolchevique, antes de la misma creación de la URSS.
Toda la idea de los ilegales, la distinción entre espías legales e ilegales, surge de ese movimiento clandestino, donde los legales eran aquellos que utilizaban las oportunidades políticas existentes en la época: presentándose a la Duma ―el parlamento del zar― y haciendo las cosas que podían hacer legalmente.
Y luego estaban los operadores ilegales, que trabajaban encubiertos, hacían actos de sabotaje, explosiones, organizaban milicias secretas, etcétera.
Cuando los bolcheviques toman el poder, tienen el país rodeado de enemigos, sin servicio diplomático y sin las formas habituales por las que un Estado enviaría espías al extranjero, pero sí cuentan con muchos comunistas apasionados.
Muchos hablaban varios idiomas, estaban acostumbrados a vivir en la clandestinidad y a utilizar nombres falsos.
Entonces recrean esa estructura clandestina del partido como el primer servicio de inteligencia de la Unión Soviética.
El programa cambia con el tiempo y con el enemigo. Primero fueron Gran Bretaña y Alemania, pero luego, después de la Segunda Guerra Mundial y con el comienzo de la Guerra Fría, pasó a centrarse en Estados Unidos.
En el inicio del programa de ilegales, lo que más preocupaba al gobierno soviético era una posible intervención de las potencias capitalistas.
Y claro, en esa época EE.UU. no era un actor importante en el continente europeo. Así que Alemania y especialmente Gran Bretaña, eran considerados los principales objetivos.
La otra preocupación eran los emigrados blancos, los rusos que vivían en Europa y querían restaurar el orden zarista.
Luego está este período de las décadas de 1920 y 1930, con personajes muy peculiares que ni siquiera necesitaban entrenamiento. Ya sabían cómo comportarse en la clandestinidad.
Además, los pasaportes y documentos eran mucho más fáciles de conseguir. Podían ser alemanes hoy, húngaros mañana y rumanos el viernes.
¿Qué ocurre después de la Segunda Guerra Mundial?
Primero, durante las purgas estalinistas, muchos de estos ilegales fueron ejecutados por su propio bando porque eran sospechosos de ser capitalistas secretos por haber vivido en el extranjero.
Luego comienza la Guerra Fría y, por supuesto, el principal enemigo pasa a ser EE.UU.
Al mismo tiempo, EE.UU. y los países europeos invierten mucho más en contrainteligencia. Así que si eres un oficial de la KGB trabajando en la embajada rusa en Washington, Londres o París, cada vez que sales por la puerta te siguen. Ya no puedes mantener el mismo tipo de reuniones que antes.
Entonces la KGB piensa: tenemos este gran sistema de ilegales. Resucitémoslo para el nuevo escenario de la Guerra Fría.
Pero dos cosas han cambiado. La primera es que ya no existe aquel grupo de comunistas cosmopolitas y políglotas, porque la URSS se ha convertido en un Estado mucho más cerrado.
Y la segunda es que las misiones se vuelven mucho más largas. Ya no se trata de enviar a alguien una semana con un pasaporte falso. Es crear una identidad falsa realmente sólida y enviar a alguien a EE.UU. durante muchos años.
Ellos pueden hacer el trabajo que es demasiado arriesgado para los funcionarios de la embajada porque son vigilados.
Con el tiempo, los ilegales empiezan a utilizarse más como agentes durmientes.
Piensan: tenemos la Guerra Fría. Quizá algún día se vuelva una guerra real, expulsen a todos nuestros diplomáticos y entonces tendremos células de ilegales que podremos activar.
De alguna manera se profesionalizó el ser ilegal. Incluso querían hacerse pasar por ciudadanos estadounidenses.
Normalmente la situación ideal era hacerse pasar por ciudadanos de un tercer país. Por ejemplo, si tu identidad era austríaca, podrías vivir en Estados Unidos como austríaco, porque sería más fácil. Habría menos preguntas sobre tu acento y tus antecedentes.
Pero efectivamente, conseguir un pasaporte estadounidense era visto como un sueño. Crear una identidad falsa hasta el nivel de obtener un pasaporte estadounidense.
Y eso ocurrió. Hubo personas que vivieron durante muchos años como estadounidenses en EE.UU.

Hay un personaje fascinante, Iósif Grigulévich, un judío lituano que se hizo pasar por un diplomático costarricense llamado Teodoro Castro y que más tarde fue enviado por el propio Stalin para intentar matar a Tito. También estuvo involucrado en los planes para matar a Trotski, en el primer intento de asesinarlo en Ciudad de México.
Así es. Él dirigía el grupo que intentó matar a Trotski y fracasó. Fue uno de los pocos fracasos de su carrera.
En ese momento se hacía pasar por un francés. Eso fue en la década de 1930.
Después tuvo varias identidades. Había pasado parte de su juventud en Argentina, así que allí aprendió español.
Luego utilizó una serie de identidades latinoamericanas distintas. Y creo que a finales de los años 40 estaba en Chile, donde se hizo amigo de alguien que conocía al cónsul costarricense en Chile.
Entonces encontraron un artículo de periódico sobre un terrateniente costarricense que había muerto recientemente. Él fue a ver al cónsul y le contó una historia sobre que era el hijo ilegítimo de ese hombre y que había tenido que abandonar Costa Rica cuando era niño.
Ya con pasaporte costarricense se establece en Italia a finales de la década de 1940, que por supuesto era uno de los grandes campos de batalla donde el comunismo y el capitalismo se enfrentaban.
El Partido Comunista de Italia era el más poderoso de Europa
Sí. Y es probablemente la historia más extraordinaria del libro. Este hombre, que nunca había estado en Costa Rica, se establece en Roma como un empresario costarricense y conoce a toda la comunidad diplomática latinoamericana.
Encanta a todo el mundo. Y cuando una delegación de políticos costarricenses visita Roma, él está tan bien relacionado que les consigue una reunión con el Papa.
Los impresiona tanto que deciden que este hombre debería ser su embajador en Roma. Y es nombrado.

Y José Figueres, una de las figuras principales de la Costa Rica moderna y que llegó a ser presidente, se hizo amigo suyo.
Exactamente. Hay una historiadora costarricense que también escribió un libro sobre él, basándose en documentos encontrados en los archivos de su país, y me envió algunos de esos documentos.
Es extraordinario porque, básicamente, este hombre fue su embajador durante cuatro años. Hacía un trabajo magnífico.
Y entonces, un día de 1953, simplemente desaparece. Y no tienen ni idea de qué pasó con su embajador en Roma hasta unos 40 años después, a principios de los 90, cuando se abren los archivos soviéticos y descubren que en realidad era un hombre que se hacía pasar por costarricense.
Y otra de las historias fascinantes es que él quería, como costarricense, iniciar relaciones diplomáticas con Yugoslavia. Y entonces Stalin, que odiaba a Tito casi tanto como a Trotski, quiso utilizarlo para matarlo.
Este es uno de esos casos increíbles que casi cambiaron la Historia.
Tenían a este hombre acreditado como embajador en Roma. Asiste a una reunión de Naciones Unidas en Francia y allí conoce a la delegación yugoslava. Como no existían relaciones diplomáticas entre Costa Rica y Yugoslavia, propone establecerlas, sugiriendo que Costa Rica podría exportar café y cacao e importar maquinaria pesada yugoslava.
Obtiene el visto bueno de San José y secretamente el de Moscú, y consigue ser acreditado y viajar varias veces a Belgrado.
Luego, como embajador acreditado, se le invita a presentar sus cartas credenciales a Tito en una reunión oficial.
En ese momento Moscú y Belgrado no tienen relaciones diplomáticas. Ya se habían producido varios intentos de matar a Tito, pero este había eliminado de su entorno a todos los estalinistas.
Y entonces llega al escritorio de Stalin la idea de que tienen un agente perfectamente situado para hacerlo. Así que, en la primavera de 1953, antes de la reunión prevista, empiezan a estudiar distintos escenarios para matar a Tito.
Algunas ideas eran extraordinarias. Una consistía en liberar una especie de polvo biológico durante la reunión, tras haberse inyectado previamente una vacuna para quedar inmunizado. Había varios dispositivos explosivos. Incluso se contempló la posibilidad de dispararle.
No tenemos constancia de qué pensaba Grigulévich, pero imagino que debía creer que era una misión suicida. Y para entonces estaba disfrutando bastante de su vida de cocteles diplomáticos y vida social en Roma.
Sin embargo, era un servidor leal y aceptó seguir adelante. Pero unas semanas antes de que el plan llegara a su fase final, Stalin murió y toda la operación fue cancelada.


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