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Ataques militares de EE.UU. alteraron rutas del narcotráfico en el Caribe, pero no frenaron el flujo de drogas

La estrategia militar impulsada por Estados Unidos para combatir el narcotráfico en el Caribe modificó algunas de las principales rutas utilizadas por organizaciones criminales para transportar cocaína, pero no logró reducir de forma significativa el volumen del tráfico ni desarticular las estructuras que sostienen el negocio ilícito, de acuerdo con un análisis publicado por InSight Crime.

El estudio señala que la campaña estadounidense, basada en ataques contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas, generó un efecto inmediato sobre determinados corredores marítimos, particularmente aquellos que conectan la costa venezolana con varias islas del Caribe. Sin embargo, los grupos criminales respondieron rápidamente adaptando sus operaciones y desplazando los cargamentos hacia nuevas rutas menos vigiladas

Según la fundación, el Caribe se convirtió en el primer escenario donde Washington puso en práctica una estrategia que combina operaciones militares con ataques letales contra presuntos traficantes. Tras los primeros bombardeos, Estados Unidos mantuvo acciones esporádicas contra embarcaciones sospechosas e incluso desplegó una importante fuerza naval y militar en la región.

Posteriormente, la administración de Donald Trump amplió esa política mediante la creación del “Escudo de las Américas”, una coalición de gobiernos latinoamericanos y caribeños orientada a combatir el narcotráfico mediante el empleo de capacidades militares, sin embargo, este enfoque plantea interrogantes tanto sobre su eficacia como sobre su compatibilidad con el derecho internacional y los estándares de derechos humanos.

Adaptación del crimen organizado

El informe documenta que las organizaciones criminales recurrieron rápidamente a corredores alternativos.

Entre ellos destacan el incremento de vuelos clandestinos hacia Guyana, el mayor uso de rutas terrestres y fluviales a través de la Amazonía venezolana y brasileña, así como el empleo de embarcaciones pesqueras, ferris interinsulares, yates privados e incluso semisumergibles, una modalidad cada vez más utilizada para reducir el riesgo de detección aérea.

El análisis también subraya que la estrategia estadounidense apenas afectó el principal mecanismo de exportación de cocaína: los puertos comerciales, donde la droga continúa ocultándose entre carga legal con destino a Estados Unidos, Europa y otros mercados internacionales.

Además, más allá del impacto operativo, la estrategia estadounidense también ha generado tensiones diplomáticas.

El informe recuerda que el presidente colombiano Gustavo Petro calificó los ataques como un “acto de tiranía” y anunció restricciones al intercambio de inteligencia con Washington por preocupaciones relacionadas con los derechos humanos.

En México, la presidenta Claudia Sheinbaum rechazó cualquier posibilidad de operaciones militares estadounidenses en territorio nacional al advertir que “no habrá invasión”.

También surgieron reservas entre socios europeos. Funcionarios de inteligencia de Países Bajos y reportes citados por CNN señalaron que algunos gobiernos reconsideraron el intercambio de información sensible por temor a que pudiera utilizarse para operaciones militares letales.

De acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), las organizaciones dedicadas al tráfico internacional de cocaína han demostrado históricamente una elevada capacidad de adaptación cuando enfrentan presión estatal, desplazando rutas y modificando métodos de transporte sin reducir necesariamente el volumen global del comercio ilícito. Esa tendencia coincide con las conclusiones del análisis de InSight Crime sobre la campaña estadounidense en el Caribe.