Javier Tarazona se le nota el sufrimiento acumulado tras cuatro años y siete meses de cautiverio, en condiciones que él califica como “inhumanas”.
Basta observar su rostro y sus gestos cada vez que le viene a la mente un recuerdo de los 1.675 días que pasó tras las rejas del Helicoide, la prisión más famosa de Venezuela. Es una cifra que tiene grabada y que pronuncia sin vacilar.
A los pocos días de su excarcelación, el activista de derechos humanos y director de FundaRedes habló en exclusiva con BBC Mundo sobre esos días. Lo hace desde el perdón y la esperanza de que su historia no se repita en un país que parece estar en proceso de cambio y transición.
FundaRedes es una organización no gubernamental venezolana dedicada a la defensa de los derechos humanos, por lo que Tarazona fue siempre una figura pública enfrentada al gobierno de Nicolás Maduro.
Documentó y denunció, sobre todo, presuntos abusos y violaciones cometidos por grupos armados no estatales en zonas fronterizas de Venezuela con Colombia, una región marcada por el débil control institucional.
A finales de junio de 2021, Tarazona solicitó investigar formalmente los presuntos vínculos del exministro del Interior Ramón Rodríguez Chacín con la guerrilla del ELN
El activista aportó coordenadas de “casas seguras” y fincas en Barinas y Guárico pertenecientes al exfuncionario chavista que, según su denuncia, funcionaban como centros de operaciones para la guerrilla colombiana con el amparo del Estado venezolano.
El fiscal general, Tarek William Saab, dijo que la acusación era una “difamación sin fundamento”.
Y esto desencadenó una persecución inmediata, según Tarazona.
Días después de presentar la denuncia, acudió al Ministerio Público en la ciudad de Coro (noroeste de Venezuela) para buscar protección después de recibir amenazas por parte de organismos de seguridad del Estado venezolano. Allí vivió una escena que en aquel momento su mente no logró procesar.
“La Fiscal Superior me dijo: ‘Doctor Tarazona, aguarde allí, no hay problema, ya lo voy a atender’… Y lo que ocurrió fue que a su despacho llegó un cuerpo de hombres armados con los rostros tapados”.
“Me esposan, me golpean, me insultan y me colocan un pasamontañas al montarme dentro de una patrulla”, relata.
“Me decían: ‘¿Quién es el maldito que va manejando la camioneta?’. Yo decía: ‘Ese es mi hermano’. ‘Bueno, ese maldito también va a ir preso’”.
Se referían a José Rafael Tarazona, quien lo acompañaba ese día y que también fue detenido.
“Yo aún sentía confusión, porque, insisto, yo jamás pensé que por mi labor me iba a ocurrir eso. Yo entiendo que subestimé a quienes ostentaban el poder”.

A partir de allí estuvo “desaparecido” durante 33 horas antes de ser presentado ante un tribunal en Caracas bajo cargos de traición a la patria, terrorismo e incitación al odio.
Su destino final fue la notoria prisión de El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) en la capital venezolana, donde permaneció bajo condiciones que organismos como la ONU describen como aislamiento prolongado y tortura psicológica.
Tarazona, de 43 años, fue excarcelado este 1 de febrero en el marco de un proceso de liberaciones anunciado por la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y antes de que se aprobara la pasada semana una ley de Amnistía diseñada para beneficiar a cientos de prisioneros.
El gobierno venezolano anunció además el cierre definitivo de El Helicoide como prisión. La emblemática estructura, que durante años fue señalada como un epicentro de violaciones a los derechos humanos, dejará de ser una cárcel para transformarse en un complejo deportivo y de servicios sociales.
BBC Mundo contactó al fiscal general de Venezuela, al Ministerio de Información y al de Defensa para obtener comentarios sobre las denuncias presentadas por Tarazona, pero hasta el momento de esta publicación no recibió respuesta.
Una celda “asquerosa, deprimente y nauseabunda”
Tarazona describe el cautiverio como un “infierno”.
“Tú piensas lo peor, porque al final te das cuenta de que estás aislado, completamente confinado y aislado”, relata, antes de añadir que los funcionarios mantenían sus rostros tapados.


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