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La “áspera y violenta” relación de Vargas Llosa con Perú, donde pasó sus últimos e intensos meses de vida

Una larga enfermedad incurable. Eso era el Perú para Mario Vargas Llosa.

Sin embargo, el punto final a su vida no lo puso en Madrid, donde residió la mayor parte de las últimas décadas, ni en París, Barcelona, Londres o Nueva York, ciudades vibrantes que lo adoptaron, lo llenaron de elogios y en las que fue feliz.

El Nobel de literatura sabía que enfrentaba sus últimos meses y decidió viajar a la gris Lima, capital del país con el que tuvo una relación áspera y llena de violencia, según escribió.

Que haya muerto en su tierra es un hecho significativo para los peruanos.

Por años sus rivales y críticos más enconados, muchas veces más mezquinos, buscaron descalificarlo llamándolo con insistencia “español” o extranjero, en el intento de cuestionar su peruanidad y deslegitimar sus opiniones políticas.

El escritor recibió la nacionalidad española, sin renunciar a la peruana, en 1993, un años después del autogolpe de Alberto Fujimori.

Semanas antes de su muerte, y hasta la misma víspera, Mario Vargas Llosa, empuñando un bastón y de la mano de su hijo, iniciaría en Lima un último peregrinaje por escenarios memorables de sus novelas y de su vida.

La operación fue meticulosamente planeada para ser discreta y segura.

Callejuelas de puñal fácil, un bar en ruinas, los ecos de su barrio alegre, el insospechado lugar en el que, por primera vez, alguien le pagó por escribir y en el que años después él recuerda que también quemarían sus libros.

¿Fue su retorno un mensaje final de reafirmación de su identidad?